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Museo antártico

Un museo es universo, un conjunto armonioso entre sus elementos y sus leyes, un gabinete de curiosidades que imita, pero al mismo tiempo se diferencia de la naturaleza. Mientras en la naturaleza la vida se liga a ciclos continuos e irremediablemente finitos, y en esos pliegues cronológicos pierde sus rasgos, en el museo lo existente condensa y conserva cada signo de su identidad originaria. Las cosas allí, esperan al futuro con su bocanada de aire fresco, en sintonía con las tareas del coleccionista, el conservador, el restaurador o archivista, que procuran un orden particular en esa majestuosa maquinaria del saber.

Así, un museo dispone de una narrativa y una organización de sus piezas, la complejidad del discurso es infinita e irreductible, siempre advertimos lo provisorio del asunto porque cada mínimo movimiento en ese sistema altera la integridad del conjunto. No depende únicamente de la lógica intrínseca; estar emplazado en determinado lugar, ostentar un tema, los derroteros políticos, las normas que traman una heurística, las programaciones, los objetivos y las agendas sociales, inclusive, cada uno de los espectadores, definen sus posibles sentidos[1]. A lo largo de la historia, el museo se transformó de muchas maneras: desde los museos polifacéticos (aún existen algunos) a los patrimonios específicos de ciencia y arte. El museo también puede ser una obra de arte desde Marcel Duchamp en adelante, quién demostró que ese cúmulo de sentidos arraigados a la materialidad del museo, podían determinar la confirmación o no de una obra, señalar un objeto y transformarlo.

La obra “Museo Antártico” de Marcos Goymil posibilita el pensamiento sobre todos estos aspectos. Su proyecto fotográfico, repone al espectador actual una colección de documentos y piezas emplazadas en el “Museo Antártico César A Lisignoli” en la ciudad de Villa María. Ese llamativo espacio se fundó en 1981 por quien lleva su nombre y tenía como propósito difundir las especies animales, la geología, el clima y todas las variantes ecológicas del continente helado. De alguna manera, el museo se proponía acercar lo lejano a un paisaje habitual y con ese gesto integrar, al territorio nacional, la extrema geografía del sur, en un contexto aún más estéril que la propia región del hielo: la dictadura militar y la guerra en Las Islas Malvinas que lentamente se avecinaba.  

Desde hace algunos años, el “Museo Antártico Cesar A. Lisignoli” comenzó un proceso de deterioro, pero también de complicadas y embarazosas disputas sobre las piezas que constituían su patrimonio. Como muchos museos del interior, no dispuso de recursos para su adecuado funcionamiento y aquello que había sido soñado para la posteridad, se fue derrumbando entre el polvo y la humedad de los anaqueles, para encontrar la muerte agazapada en los pasillos de la decidía burócrata. Ahora bien, Goymil propone un despliegue visual que devela aquella intención primera, entre surrealista y arqueológica, de establecer un contacto geográfico y cultural con un domino territorial enorme y lejano. Su “Museo Antártico” repone fragmentos, locaciones, aves, archivos, inclusive, datos del litigio que nos devuelven otra mirada del museo: el museo como montaje y como ficción.

El museo de ciencia desde la perspectiva teórica del montaje establece conexiones inevitables con el museo de arte, aquel que Duchamp develó impuro y habitado, dionisíaco y frondoso. Pero, al mismo tiempo, con propuestas muchos más actuales a partir de las cuales podemos indagar no sólo en las fotografías instaladas de Goymil sino también en ese gesto inaugural e iniciático de su creador Cesar A. Lisignoli, como obra. Recordemos lo que Reinaldo Laddaga cita sobre el “Museo Precario” de Thomas Hirschhorn: quería estar tan cerca como fuera posible de lo incomprensible y lo inconmensurable, es decir, ese montaje o maqueta del mundo que, en la acumulación de sentidos y en el intento de completar el catálogo extenso de lo real, se encuentra con lo ausente. Esas especies de aves antárticas, coleccionadas por Lisignoli y luego fotografiadas por Goymil, nos remiten a aquellas vivas y volando que jamás llegaremos a conocer, pero, sin embargo, aparecen en ese señalamiento imposible de lo que no puede mostrarse, justamente, por inconmensurable. La representación científica nos subsume a esa conmoción interior donde el fragmento de realidad evoca sin presentar. Cada pájaro es único, sus pequeñas plumas amarillas, su pico fuerte o débil, también, ese hueso encontrado entre las huellas dispares y peligrosas del hielo antártico, remiten no sólo a ese lugar lejano del que formaron parte sino también a sí mismas, existencias particulares contenidas en una colección y una narrativa.  Así es, como las fotografías de Goymil nos hablan de esos pájaros, de cada uno de ellos, y no de la reducción empírica que el biólogo, por ejemplo, hace de las aves. Goymil nos habla de ese hueso, con cada una de sus erosiones, y no de todos los huesos que el ejemplar nombra o representa. Nos habla de esté museo, misterioso y perturbador con sus objetos dislocados y extraordinarios, abandonado al juego inverosímil y grandioso del tiempo soñando formas innumerables del tiempo.

Por otra, parte se establece una ficción narrativa que, como consecuencia de todo lo dicho, dispone de un valor de verdad, en el interior de su propio sistema. Es esa, ahora, una versión posible de la Antártida para todo espectador, aunque la Antártida no se adecue al discurso museístico ni al imperativo de verdad científica. Me parece muy pertinente pensar en Walter Benjamin cuando en el Libro de los Pasajes dice: Al coleccionar, lo decisivo es que el objeto sea liberado a todas sus funciones originales para entrar en la más íntima relación pensable con sus semejantes. Y unas líneas más adelante. Es grandioso el intento de superar la completa irracionalidad de su mera presencia integrándolo en un nuevo sistema histórico creado particularmente: la colección. El “Museo Antártico” de Lisignoli y el “Museo Antártico” de Goymil, se espejan y reflejan, se fijan y se mueven, adiestrados en una danza circular, sostienen ese mundo frágil y desbordado que se extingue y desaparece. Que en ese abandono de letargo blanco de nieve, frío y viento nos interpela.

Mariana Robles


[1] Pensemos en “El Guernica” de Pablo Picasso, por ejemplo, todos los sentidos que arrastró por un periplo de 40 años, en diversos espacios. Importaba mucho si su estadía se establecía en el Museo del Prado o en el Museo Reina Sofía, en el primero las obras clásicas de la Europa moderna llevarían consigo a “El Guernica” imprimiendo el sello de la historia, en el segundo lo vanguardista y lo contemporáneo de mural se potenciarían.